El diputado que olía a pueblo

2020-09-13 |

Son innumerables las frases que intentaron definir la figura inabarcable de César Jaroslavsky. La que lo pintó como “el diputado que olía a pueblo” rinde homenaje a su condición, y la perfecciona el hecho de que fue acuñada por un adversario político. Porque en su volcánico paso por la cámara de Diputados él constituyó por sus cualidades una rareza, una de esas apariciones esporádicas que redimen a la función legislativa del desprestigio que se supo conseguir.

“Murió pobre, como corresponde a un político” le rindió honores el ex presidente Raúl Alfonsín para destacar uno de sus rasgos distintivos, al despedir sus restos en 2002. Cuando se lo decían en vida (“mucha gente me manifiesta adhesión porque soy honesto, porque no he robado ni robo”) Jaroslavsky replicaba: “ser honrado no es, no puede ser el único, el definitivo mérito de un político. Tiene que ser un presupuesto elemental… Acaso no se puede ser honesto y eficiente? Sí, se puede”.

Con ese credo vivió y murió a los 73 años. La evocación de Jaroslavsky no puede encasillarse en el cliché del diputado gruñón y malhablado (“Cuando tengo que decir mierda, digo mierda” dixit), ni agotarse en sus míticos arranques destemplados. Como aquél de cuando el periodista José Corzo Gómez calificó, en televisión y en su presencia, a Alfonsín como “la cara de la derrota y la mediocridad” y él le espetó en vivo y en directo: “No tiene derecho… no agravie porque le voy a romper la jeta de un puñete”.

Sería una reducción injusta. Porque este diputado que tenía a Alfonsín como destinatario principal de su lealtad y fue durante ocho años el poderoso jefe del bloque de la Unión Cívica Radical (UCR), tuvo actuación decisiva en un delicado momento bisagra de la historia reciente de la Argentina: la transición democrática, y fue un orfebre de acuerdos imprescindibles con sus adversarios justicialistas, aunque en ocasiones no se privaba de pararse en una banca para enrostrarles: “Ustedes que se creen, que son paracaidistas polacos que no tienen historia”.

Chacho, el caudillo Entrerriano, de origen judío, su nombre y apellido Naum César Jaroslavsky fue progresivamente desplazado casi por completo por el universal apodo de “Chacho”, cuyo origen atribuyen algunos a su carácter revoltoso mientras otros lo relacionan con el que distinguió al mítico caudillo riojano Ángel Vicente Peñaloza. Chacho fue en efecto el caudillo de un bloque de diputados que mezclaba algunos veteranos con mayoría de noveles que lo adoptaron como maestro.

Había nacido en Paraná en 1928. A los 13 años perdió a su padre, un comerciante fundido que se ganaba la vida con un cine en el que él cortaba entradas. Era el mayor de cuatro hermanos. Tuvo que ayudar a mantener a su familia y salió a trabajar como cadete en una fábrica de ladrillos mientras estudiaba en el industrial de Caballito. Vivía con su familia en Buenos Aires cuando el 17 de octubre de 1945 acudió a la plaza de Mayo “para participar de un momento histórico”, aunque el peronismo no lo sedujo.

Influido por los folletos de FORJA y sus lecturas de Manuel Gálvez (“mi autor de cabecera” dijo alguna vez), a los 17 años se afilió a la Unión Cívica Radical. A los 20 años ya era presidente de la Juventud Radical de Entre Ríos y campeón provincial de natación, mientras fumigaba campos como piloto de avión. A los 24 se incorporó profesionalmente al periodismo como secretario de redacción del periódico radical “La Mañana”, de Victoria. En 1972 junto a Raúl Alfonsín y otros dirigentes fundó el Movimiento de Renovación y Cambio y su vida tomó un rumbo definitivo.

Después de la pausa política obligada por la feroz dictadura militar, al llegar al gobierno Alfonsín lo premió con la jefatura del bloque de diputados. Fue fundamental su condición de “ser radical sin ser antiperonista”. El punto de un encuentro que consideraba indispensable entre los dos grandes partidos políticos de la Argentina (no ocultaba que llegó a llorar de emoción al recordar el abrazo de Perón con Balbín). Era dialoguista y renegaba de los correligionarios que eran “más antiperonistas que radicales.

“Los resabios gorilas de la UCR es una de las lacras que arrastramos”, se amargaba. ”La palabra de Jaroslavsky vale" reconocían los justicialistas que sellaban acuerdos con él sin necesidad de actas firmadas. En 1991 renunció a la jefatura del bloque después de ocho años en los que se llevó, en sus palabras, “satisfacciones todos los días y también algunos sapos”. Las satisfacciones fueron la aprobación del tratado del Canal de Beagle, la ley de Divorcio, la de Patria Potestad, la de Defensa de la Democracia, y las reformas a la ley de Defensa y al Código Militar.

Uno de los sapos fue tan grueso que apenas lo pudo tragar. “Es una cagada, pero así es la política” se lamentó cuando impulsó e hizo aprobar las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. “Miren señoras, vamos a hacer una justicia tan fuerte que va a parecer venganza”, había prometido personalmente a las Madres de Plaza de Mayo que visitaron el Congreso cuando empezaba el gobierno de Alfonsín, contó Nora Cortiñas. En junio de 1987, después de la votación de las leyes cuestionadas, cuando un grupo de esas madres le gritó “hijo de puta”, no pudo contenerse y se largó a llorar mientras repetía “Ustedes no entienden”.

 
 
 
 

Amigos son los amigos

No se le conocieron enemigos. Su talón de Aquiles fueron los amigos. La lealtad inalterable fue la marca de su condición humana y política para su bien y/o para su mal, porque llevada a la obcecación, casi al punto de extravío lo convirtió en ardiente defensor público de amigos como Alfredo Yabrán, antes y después de que la Justicia y la sociedad señalaran a éste como evidente instigador del homicidio del periodista José Luís Cabezas. Claroscuros propios de la condición humana que lo hacen más terrenal. Comprovincianos (Larroque, los pagos de Yabrán, y Victoria, los de Jaroslavsky están separados por menos de 150 kilómetros), se conocieron en 1990 presentados por el sindicalista petrolero Diego Ibáñez.

“Éramos muy amigos -proclamaba-, me duele mucho que a un hombre talentoso, hábil para los negocios, le vengan a decir empresario mafioso”. En 1995 le pidió un aporte para la campaña electoral de Horacio Massaccesi a la presidencia, que él encabezaba. “Me preguntó cuánto. Le respondí 50.000 dólares. Me aclaró que el dinero me lo daba a mí, no al partido”.

Cuando sus correligionarios lo criticaron (la Juventud Radical pidió su expulsion del partido), reaccionó airado. “Quienes me habían pedido recursos para la campaña eran los mismos que me acusaban de ser amigo del jefe de la mafia. Que se vayan a la mierda”. Alfonsín se agarró la cabeza. “Parece que son amigos de chicos, que conoce a la familia porque son de pueblos cercanos, pero creo que se equivoca y que nos compromete a todos cuando habla, porque todo el mundo lo identifica como el pensamiento radical”.

Su otro gran amigo fue el ex presidente Carlos Menem, que proclamó que “si se tuviera que hacer un monumento a la lealtad, tendría la figura de Chacho Jaroslavsky”. Menem también demostró ser un amigo leal. Siempre se preocupó por su salud y cuando ésta se quebrantaba solía enviarle a su médico personal, Alejando Tfeli. Cuando Jaroslavsky cayó postrado por una afección en la médula espinal que casi lo deja sin caminar para siempre, lo visitaba dos veces por semana en el hospital, y le prometió hacer cualquier cosa por él. Pero cuando en 1992 le pidió, por sugerencia de Carlos Becerra, que lo ayudara a viajar a Cuba para recuperarse, surgió un problema.

Menem estaba enfrentado con Fidel Castro y alineado “carnalmente” con Estados Unidos lo había cuestionado en los foros internacionales denunciando que “violaba los derechos humanos con miles de presos políticos”. “Fue un tira y afloja”, me dijo un íntimo allegado a Jaroslavsky. Menem propuso alternativas para que se operara en Estados Unidos o Israel. Finalmente aceptó ayudarlo con el viaje a Cuba. Jaroslavsky recibió tratamientos de rehabilitación durante ocho meses en el Centro Internacional de Restauración Neurológica (CIREN) de La Habana, y sin querer puso en problemas a una de las fundadoras del establecimiento, Hilda Molina (que después se enfrentaría a Castro y reclamaría su salida de la isla durante 15 años, hasta que tras un incidente diplomático llegó en 2009 a la Argentina donde la esperaba su familia).

Por su generosidad proverbial Jaroslavsky le entregó un sobre con diez mil dólares que Molina distribuyó entre el personal y donó el resto a las víctima de un huracán, sin poder evitar que la acusaran de “fomentar prácticas capitalistas”. Ocho meses después Jaroslavsky volvió a la Argentina con bastón pero andando sobre sus piernas y… convertido en íntimo amigo de Fidel Castro, de quien contaba que “sabe mejor que nosotros todo lo que pasa en la Argentina”.

Se convirtió a partir de entonces en fanático defensor de la revolución cubana (Menem llegó a ofrecerle la embajada en La Habana) y de los célebres habanos Cohiba, que le regaló Fidel. Empedernido fumador, los sumó a los cigarrillos rubios LM que consumió durante décadas sin cesar y que contribuyeron a la enfermedad que lo llevaría a la muerte.

Fumador incorregible

Cuentan sus colegas diputados que entraba al recinto de la cámara con atados de cigarrillos “en cada bolsillo”. Incorregible, fumaba hasta cuando estaba internado en la terapia intermedia. Uno de los incondicionales que lo acompañaba contó que se rebelaba a los gritos contra los que intentaban prohibirle que fumara en el hospital, y que una vez hasta le enviaron un sicólogo para disuadirlo.

“Cuando el profesional se fue lo encontré en la cama … fumando”, evocó. “El sicólogo me dijo que podía fumar pero la mitad del cigarrillo”, le mintió Chacho. Pero efectivamente, cuando llegó a la mitad lo apagó. Pocos saben que fue durante su internación que Jaroslavsky se casó con su segunda esposa, su compañera de casi cincuenta años María Carlota Carballo, con la que tuvo dos hijos: Juan Pablo (que moriría trágicamente a los 31 años en la explosión de un polígono de tiro de la avenida Corrientes) y María Gracia, que heredó su vocación política y sería intendenta de Victoria y legisladora nacional. (Es la que contaba que para poder dormir la siesta tranquilo, su padre la mandaba a leer a Jauretche, y cuando se despertaba le tomaba lección).

”La palabra de Jaroslavsky vale", decían sus adversarios políticos en el Congreso
”La palabra de Jaroslavsky vale", decían sus adversarios políticos en el Congreso

Antes tuvo una hija, Verónica, con su primera esposa, Ana María Longo. De cejas tupidas y arqueadas, el bigote manchado por el cigarrillo y la voz ronca, era característico su rostro rubicundo, encendido “que contra lo que algunos pensaban no era por la ingesta de alcohol, era natural" me aclararon sus íntimos. “Apenas tomaba, y exclusivamente torrontés”. Su gesto adusto podía llegar a ser intimidante, hasta que se dulcificaba en una sonrisa compradora. Los que lo conocían furibundo en la política se sorprendían por el simpático desenfado con el que se metía “A la cama con Moria” en la televisión y le confesaba que “en casa ando normalmente en calzoncillos”.

Cuando el minúsculo departamento de tres ambientes que habitaba cerca de la ex cárcel de Las Heras se abarrotaba con quienes se agolpaban para rodear su cama ortopédica, algunos diputados (Raúl Baglini y Marcelo Bassani, entre otros) “rascaron la olla del bloque” e hicieron una “vaquita” para ayudarlo a cambiarse a otro más amplio cerca del Jardín Botánico.

Él se negaba. Les costó convencerlo. Paradójicamente él, que reivindicó a la función política (“es el espejo en el que se refleja la honra de la política” lo definió su par justicialista Julián Domínguez), se fue de la vida cuando la sociedad desencantada reclamaba en la calle a los gritos “que se vayan todos” los políticos. Sobrellevó la enfermedad más de una década. En sus ocho años de mandato se había tomado, a lo sumo, diez días de vacaciones.

Ya estaba alejado de la política (después de desempeñarse en 1994 como convencional constituyente su último servicio fue la precandidatura a senador en 1997) cuando su cuerpo se resintió de tanto cigarrillo y tanto estrés, y murió el 3 de mayo de 2002. Lo despidieron rivalizando en elogios radicales y peronistas entre decenas de coronas (no faltaron las enviadas por Menem y la familia de Yabrán, que ya habia fallecido en 1998). En cierta forma Chacho escribió su propio epitafio al inculcar a sus hijos que “la lealtad, la bondad y la tolerancia son valores imprescindibles”. A su pedido sus cenizas fueron esparcidas en su Victoria natal.

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